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viernes, 16 de octubre de 2015

Extracto.


"Y el tiempo que estuve solo, me encogía en mi lecho cada noche, echando de menos rodearla en un abrazo y cruzar juntos el velo del sueño.

Y cerraba mis ojos sabiendo que esa noche no me despertaría cien veces, una por cada vez que ella se moviera.

Y en la mañana los abría echando de menos su pregunta y mi mentira, al decirle que había dormido bien.

Pues cuando ella, nerviosa, o inquieta por sus oníricos pensamientos, o tal vez sólo buscando una postura más propicia, se movía entre las sábanas, a veces acercándose más a mí, a veces alejándose, acalorada, con la inocencia de la mente dormida, yo despertaba.

Despertaba y permanecía un tiempo observándola, aprovechando para contemplarla en ese estado de paz y calma que sólo el sueño nos da, y a veces ni eso.

Y cuando habíame complacido la vista, la besaba de nuevo.

Y sonriendo, acomodado a la nueva imagen de su cuerpo, volvía yo a mis sueños."

- André Parfois. Autobiografía.

martes, 27 de agosto de 2013

Enajenación mental transitoria dependiente.

Y me pregunto...

Dónde estás, que no te veo
Ni te siento entre mis dedos.

Dónde estás para que enrede
Mis miradas en tu pelo,
Mis manos en tu cintura,
Mi razón en tu hermosura
Y mis labios en tu cuello...

Cuán singular desespero
Y tamaña desazón
Prendiendo ardiente fuego
A mi acorralada razón.

Cuán desaforado me veo...
Qué poco resta de mí...
Mi razón se hunde en un pozo
Que parece no tener fin.
¿Quedaré finalmente loco,
Si acaso logro vivir...?

Aunque así fuere te juro,
Con la razón en lo más oscuro,
Que volará sobre todo muro
El día que vuelvas a mí.

sábado, 15 de junio de 2013

No llegarás, no...

No llegará esta noche.
No llegará pues no ha de llegar.
Pero no llegará esta noche.

Desarropado, desabrigado,
abrazado al calor de la noche,
de todo otro despojado.

Triste, alegre y ambiguo,
anhelante de un cuerpo concreto y amigo,
anhelante de instintos antiguos.

Triste por la palpable ausencia.
Alegre por la felicidad que ella consigue
libre de su presencia.

Presencia amada con pasión,
Mas aún encadenante, dependiente.
Una presencia, a la sazón.

Y ella lo añorará al atraparla el sueño
Y él la añorará al atraparle la realidad
Pero han de tener su tiempo cada uno
Seguido se reunirán.

Hoy duermo solo. Y no solo duermo solo, sino que duermo con la certeza de dos días más de soledad. No sé qué es peor, si la soledad o la miserable compañía de la certeza de más soledad... El caso es que, pensando en ello, me ha apetecido escribir algo. No me sentía inspirado, así que me ha salido forzado, pero joder, me apetecía escribir, le gustara a la musa o no.

jueves, 25 de octubre de 2012

Algo.

    El comienzo siempre es más difícil. Lo sabemos todos. Todos hemos experimentado la frustración de no saber cómo empezar. Cómo decir la primera frase, cómo dar el primer paso hacia ella, cómo darle el primer beso. Sin embargo, suele pasar que, tras haberlo pensado y meditado mucho, lo único que al final haces es abrir la boca, y algo que llevamos en el pecho y que habla mucho mejor que nosotros suele decir la palabra indicada. Algunas veces no con toda la locuacidad del mundo, pero es que ese algo no habla nuestro idioma, habla el idioma de los "algos que viven en el pecho". Y quizá, ella tenga en su pecho un algo que encaja con el tuyo, y entonces ambos se comunicarán con palabras mal articuladas, miradas esquivas malamente escondidas y algún que otro roce, mientras obligan a sus poseedores a pasear por algún tranquilo lugar donde poder hablar en alguiano.

    Finalmente, cuando el algo ha logrado conquistar al otro algo, todo se vuelve más lento. La pasión es solo momentánea, dando paso a la estabilidad, dando paso a la monotonía. Pero no...

No...

¡NO! ¡¿Por qué?! ¡La monotonía es la rendición del alma ante la creencia de la imposibilidad del cambio y la invariabilidad de las circunstancias! No te rindas, alma mía, porque yo no lo haré. He creado castillos de ilusiones y he dibujado puentes de esperanza que cruzarán los oscuros mares de la monotonía resguardados por grandiosos muros de pasión que lucharán contra las inclemencias del tiempo, del espacio, de la paz, de la guerra, de la calma y de la tempestad. No te rindas, mi pequeña flor de luminosa esperanza, porque el futuro es nuestro y no planeo vivirlo si no contigo.

jueves, 21 de junio de 2012

Over me...

Come together, oh you, the girl of kaleidoscope eyes. Come together, close your eyes and I'll kiss you and I'll send all my loving to you. Come together and we will sit on an English garden and wait for the sun. Come together, and let the fucking world be, yes... Let it be. Come together, oh my darling. Come together and hear my words of wisdom; words of me being he and you being he and you being me and we being all together in a boat on a river with tangerine trees and marmalade skies. Come together and wake up to the sound of music. Come together and lets do it [love us] in the road, ¿why not? Come together and we'll take a sad song and make it better, make it sound like love. Come together, take these broken wings and learn to fly. Come together, because nothing's gonna change my world, our world. Come together, right now, over me...

lunes, 16 de abril de 2012

El viaje.

    Cierto día, despertó y decidió no mirarse al espejo. En vez de eso, se miró en sus ojos, que la contemplaban ensoñecidos desde el otro lejano lado de la cama, unos 20cm más allá. Entonces, su boca y los suyos propios se abrieron tanto que temió no poder quitarse nunca más la cara de horror y sorpresa. Allí no estaba ella. ¿¡Cómo podía ser que sus ojos reflejaran a otra chica!? La chica que había en sus ojos era perfecta: hermosa, sensual y... ¡Ag! Había jurado amarla, la noche anterior... Fue lo último que susurró en su oído, ya con voz somnolienta. ¿Cómo estuvo tan ciega de creer tan grande mentira...?

   A punto estaba de quebrarse en la tristeza y el desasosiego cuando su mirada, furibunda, frustrada y -por qué negarlo- celosa, contempló con milagroso detenimiento a la chica que habitaba en esos ojos que tanto amor le prometían. Reconoció los ojos. Reconoció los labios. También reconoció las mejillas y, finalmente, reconoció la sonrisa que le devolvió la muchacha al sonreír ella misma. Se sintió estúpida por no haberse reconocido, pero ¿cómo iba a hacerlo si no veía ni una de sus imperfecciones? Se veía perfecta, en todos y cada uno de los centímetros de su cuerpo. Acostumbrada a reconocerse por sus defectos, no supo encontrarse en su perfección.

   Al final, decidió recorrer esa larga distancia que separa el lado izquierdo del lado derecho de la cama. A medio camino, podría hacer parada en Sonrisas y Caricias, y así descansar del viaje unos segundos ("es agotador acercarse lentamente a algo que te atrae como si tuviera gravedad propia...", pensó). Sin embargo, cuando llegó, no se sentía cansada, se sentía más hermosa. Le pesaban menos sus defectos. Después de haberse visto en sus ojos, le preocupaban casi tan poco como a él (y eso es mucho decir). Pero no sólo ella fue consciente de todo esto, pues el muchacho también notó el cambio. La vio llegar, más hermosa que nunca, más radiante que nunca. La vio llegar y dijo:

-Por fin me crees...

...

    Entonces despertó, sonriendo al verla a su lado. Tan perfecta y tan ingenua de su propia perfección. Lamentó por un segundo que su sueño no hubiese sido realidad y que ella no pudiese contemplarse tal y como él la contemplaba, pero se consoló recorriendo en un instante la larga distancia que separa el lado izquierdo del lado derecho de la cama.

lunes, 2 de abril de 2012

Dame un segundo...

    Pasa el tiempo y casi puedes ver los segundos surgiendo del reloj para esfumarse en el aire. Casi podrías sentarte y sencillamente verlos desvanecerse. De hecho, lo haces a menudo. En la comodidad de tu cama, con el techo por cielo y las sombras por nubes, contemplas la vida pasar. Cualquiera que te vea pensará que pierdes el tiempo, pero no es así. No estás perdiendo el tiempo, no... Estás contándolo. Te cercioras de que sigue avanzando para que no te la juegue, como siempre hace. Compruebas que sigue su curso porque tienes una cita. Hay un segundo concreto. Uno de esos segundos que pasan. Uno más, pero para ti es especial. Lo esperas con ansia, con ganas, con la impaciencia del que espera a que el granizado vuelva a derretirse para poder beber de nuevo. Tienes una cita con ese segundo y no quieres que se retrase porque podrías desquiciarte si así fuera...

    Tic. Tac. El tiempo pasa, y aunque todos los segundos van consumiéndose en su debido momendo, parece que cada vez sea más largo el intervalo entre uno y otro. Ese efímero instante entre el uno y el dos, entre el dos y el tres, durante el cual tus nervios se estremecen porque, por un lado, temes que no llegue el cuatro y, por otro, necesitas que fuera ya el cinco. Pero el tiempo pasa. Inexorable, inmutable, invisible, y cada vez falta menos para tu cita. Ese segundo tan importante del que casi no he hablado. Pero hablemos de él. Es un segundo interesante, sí...

    Nació como todos los demás. Primero un tic, y luego un tac, y jamás pensó que sería especial, pues duraba lo que todos los segundos duran y sonaba como suenan todos los segundos. Pero había algo distinto en él. En lugar de consumirse como todos los demás, permaneció en el aire, en cada sensación, en cada emoción... Permaneció ahí esperando a la próxima cita, a la que acudió sin falta, como hace desde entonces. Permaneció esperando a que lo volviera a llamar. A que lo volviera a vivir. A que lo volviera a sentir. Permaneció para ser el segundo más importante de mi vida. El segundo que prosigue a los revoltosos segundos que tardo en recorrer la distancia entre tú y yo.

jueves, 22 de marzo de 2012

Gélida flor. Preludio a tu calor.

Tengo frío... Tiemblo de frío... Tengo frío en mi piel, en mis pies y en mis dedos. Tengo frío en mis orejas, que hace tiempo que no te oyen. Tengo frío en mi nariz, que hace tiempo que no te huele. Tengo frío... Tengo frío en mis avernos, en la caverna de mi cuerpo, en el vacío de mi pecho que ha dejado tu ausente ardor. Tengo frío porque no está tu mirada para irradiarme su calor. Tengo frío porque no están tus dedos para arder sobre mi piel. Tengo frío porque no está tu pelo para abrazarme con su aroma. Tengo frío porque no están tus labios para sellar mi silencio con su húmedo calor. Tengo frío porque no está tu nariz para frotarse por mi cuello. Tengo frío porque no está tu vientre ni su suave calidez. Tengo frío porque no están tus piernas enredadas con las mías. Tengo frío porque no están tus brazos aferrándose a mi cuerpo. Tengo frío porque no está tu pecho, agradable y cómodo, para que exhale mi aliento sobre él mientras mi mejilla descansa de la dura tarea de sonreír. Tengo frío porque no están tus caderas para avivar mi fuego interno. Tengo frío, y lo noto, porque no están tus mejillas para sonreír y hacer que me olvide de éste, el frío que tengo. Tengo frío porque no está tu piel para que, al contacto con la mía, haga arder todas las pasiones que albergo, toda la lujuria que contengo, toda la lascivia que has forjado en mi interior a golpe de besos y caricias. Tengo frío porque, al irte, la vida no ha visto motivos para quedarse conmigo. Tengo frío porque te llevas mi alma contigo.

lunes, 12 de marzo de 2012

...yo qué sé.

Es la primera vez que publico el final de uno de mis relatos eróticos... Hm... Es una sensación rara, casi como si dejara que me observen en pleno acto. En fin, se recomienda encarecidamente leer/releer la primera parte del relato para entrar en situación:


    Te devuelvo el mordisco con un leve gemido que no es otra cosa sino un vano intento por contenerme para no hacerte daño. Mis labios abandonan a los tuyos para recorrer tu barbilla, descendiendo por tu cuello beso a beso mientras tu piel se eriza con cada leve contacto.

    Lenta e inconscientemente, la caricia de mi mano toma la misma dirección que hace unos segundos elegiste tú. Siento tu ansiedad. Puedo notarlo en cada centímetro de tu alma. Te corroe la necesidad. Mis mordiscos en tu cuello no son suficiente distracción y llamas mi atención moviendo con más brío esa mano que sujeta mi entrepierna, como si así pudieras obligarme a apremiar mi paso, pero sólo consigues que te muerda más fuerte de lo habitual. Abandono tu cuello con una sonrisa cómplice mientras deslizo lentamente mis dedos entre tus piernas, tratando de recorrer cada centímetro de tu delicado sexo antes de retroceder levemente para buscar la entrada a tus placeres.

    Con un gemido tuyo, la encuentro.

    Mis labios regresan a los tuyos justo a tiempo para recoger el aliento de tu segundo gemido, que llega cuando mis dedos se adentran en ti, haciendo que tu espalda se arquee y tu cuerpo se retuerza en un quejido gozoso que no hace sino excitarme aún más. Con el movimiento de mis dedos, llega el tercer gemido, que ahogas en una sonrisa placentera. Me muerdes, notablemene más fuerte que antes. Primero el labio, luego el cuello, el hombro... Tus manos aprietan con más fuerza y tiemblo levemente de ansiedad, de necesidad, de anhelo.

    Me coloco sobre ti mientras juegas a atrapar mi lengua con la tuya y tus manos me sueltan. Liberado, mi glande recae sobre tu vientre y la caricia de tu suave piel en tan sensible zona no hace sino excitarme aún más, provocando que mi espalda se vea recorrida por un electrón de placer. Separando lentamente mis caderas de ti, dejo que mi miembro acaricie tu clítoris hasta llegar al glande, que comienza a resbalar entre los labios de tu sexo, buscando la puerta que segundos antes encontraron mis dedos.

    Supero con cuidado la breve resistencia que ofrece tu interior cuando una parte de mí penetra en él. Gimes y te retuerces cuando lo sientes dentro de ti. Yo siento con gran placer cómo aprietan tus entrañas y siento también el palpitar de mi erección cuando retrocedo lentamente, acomodándome dentro de ti antes de comenzar a jugar en serio. Vuelves a gemir, exhalando un aliento que no dudo en hacer mío. Comienzo a moverme en tus adentros con cadenciosa lentitud. El ritmo lento me permite disfrutar del resto de tu cuerpo, y así pruebo de nuevo el sabor de tus labios y el calor de tu mirada extasiada, en combinación con la perenne suavidad de tu cuello. Sin embargo, pronto me puede el deseo y comienzo a intensificar el vaivén de mi cuerpo sobre el tuyo, incapaz de no suplicar por más de esa medicina que me das, incapaz de no proporcionarte todo el placer que sea capaz...

    Parece que lo estoy logrando, pues lanzas un suspiro profundo, largo y extasiado, que no es sino un intento de contenerte para no gritar. Tus súbitas uñas en mi espalda me cogen por sorpresa. Excitado, ansioso, herido de placer y clamando por más, no puedo evitar soltar una exhalación y me aferro a tus caderas para evitar que te alejes, preparándome. Con fuerza, embisto tus adentros profunda y placenteramente, sintiendo al momento cómo tus músculos presionan contra el mío. Dejas escapar un nuevo gemido, más profundo, más exaltado y más lascivo, que guardo inconscientemente en mi memoria.

    Sin dejar de clavar mis dedos en tus caderas, tiro de ti una y otra vez para penetrarte en profundidad. Una y otra vez siento el placer de arrastrarme dentro de tu cuerpo. Una y otra vez, tus gemidos se unen a mis exhalaciones, formando un coro de lujuria. Una y otra vez, tus ojos se ponen en blanco y tu espalda se arquea de puro placer. Sientes un cosquilleo entre tus piernas que parece conectar directamente con tu mente, volviéndote loca. Siento la presión de tus adentros y contemplo gozoso la expresión de tu rostro. Comienzo a entrar en ti más y más rápido. Muerdes mi cuello, aprieto tus nalgas, arañas mi espalda y yo tu cordura, sueltas un gemido y yo un leve gruñido, encoges la espalda y yo me aferro a ti con desesperación para que no te separes ni un segundo, y por fin, sientes la explosión de placer que te hace soltar un quejido largo y extasiado mientras sigo abriendo a golpes las puertas del placer. Se cierran tus músculos y presionan con increíble fuerza mi miembro, recorriendo el poco camino que me quedaba hasta el éxtasis. Siento que voy a explotar dentro de ti y, por fin, con mis ojos cerrados y una mueca de placer absoluto en mis facciones, recibes el calor de mis fluidos en tu interior.

    Sonríes, todavía tratando de no desquiciarte, y tu sonrisa me devuelve a la realidad, provocando que aflore una leve y agotada sonrisa de mi boca. Te doy un beso cargado de cariño, acariciando tus labios, y me dejo caer a tu lado. Al instante, te remueves en la cama y te aferras a mí. Dejo escapar un suspiro cansado y me río levemente. También ríes, y me agradeces el esfuerzo con un beso en el pecho y una mirada complacida.

jueves, 9 de febrero de 2012

Yo qué sé...

    El calor que la tarde de agosto ha dejado en mi habitación parece verse mitigado por la brisa que entra por la ventana en esta noche de luna llena y estrellas brillantes. Silencioso, escucho la vida a mi alrededor.

    De fondo a mis pensamientos, una lenta música, que una amiga muy querida tuvo a bien de mostrarme, susurra, casi, la historia de la Dama Blanca. Un poco más al fondo, escucho los ruidos de la noche, que se cuelan por la ventana abierta. Todavía más al fondo, intuyo, ahora sí, tu respiración.

    Tus labios entreabiertos dejan escapar el aire, que con su suave sonido se queja de tener que dejarte. Yo también me quejaría... Yo también me quejo, a decir verdad. Tus párpados permanecen cerrados, pero no duermes. Solo esperas. Esperas a que el tiempo pase, a que pase el tiempo, a que pase lo que tenga que pasar. Pero no pasa. Continúas tumbada y comienzas a impacientarte. Yo me limito a observarte, sentado a tu lado, sonriendo, consciente de que pronto abrirás los ojos con una mezcla de reproche y ansia porque sabes que estoy jugando.

    Sin embargo, prefiero que tus ojos permanezcan cerrados. Me inclino sobre ti un poco más, acercándome lo suficiente para que tus labios tiemblen con imperceptible nerviosismo cuando ya notan el calor que desprenden los míos. Procuro respirar quedo, tratando de ocultar mi cercanía. Tu respiración parece más forzada, ¿acaso estás conteniéndote? Sabes que no me importaría que dieras rienda suelta a tus anhelos, pero agradezco que me dejes jugar un poco más. Como recompensa, mis labios dejan un suave roce sobre los tuyos, que rápidamente me buscan, pero ya no estoy.

    Entonces, entreveo en ti la intención de abrir los ojos para buscarme y recuperarme, así que tapo tus ojos con la mano derecha, recordándote las normas. Sonríes, pues con tu jugada me has robado una caricia. Sonrío, pues te he regalado una caricia. Aprovechando la situación, deslizo la punta de mis dedos por tus facciones, pasando por tus mejillas, tu boca, tu barbilla... La cual, en un momento de flaqueza, sostengo livianamente para plantar un beso en tus desesperados labios.

    Noto el nerviosismo en ti y temo que estalles en un arrebato de ansia reprimida que rompa la magia, así que, sin separar mis labios de los tuyos, la misma mano que rozaba tu barbilla se deja caer sobre tu pecho, arrastrándose hasta tu cintura. Abres tus piernas en una clara invitación, y yo paso una pierna entre ellas, apoyándome en mi brazo izquierdo para no dejar mi peso sobre ti mientras mi mano derecha sigue haciendo surcos en tu cadera con la punta de los dedos.

    Pero es demasiado tarde para contenerte, y unas pocas caricias no son suficientes. Muerdes mi labio y tiras de mis caderas, removiendo tu cuerpo bajo el mío en un reflejo de tu nerviosismo, ese nerviosismo que nos electrifica cuando sentimos una alegría inmensa, o un gran placer. Tu piel se desliza contra mi piel con suavidad mientras compartimos nuestro calor corporal. Una de tus manos, que aferraba mi espalda en un intento de acercarme más a ti, recorre el corto camino hasta mi vientre, y de ahí desciende, provocando una exhalación placentera que no consigo reprimir del todo. Te devuelvo el mordisco.

¿Continuará?

lunes, 23 de enero de 2012

~


Se recomienda reproducir la música de fondo.



Deliciosa flor que mis entrañas retuerce con la caricia de su ausencia
Rugido estremecedor de la insana sobriedad
Cohibido, vivo en la ignorancia de tu cuerpo, de tu ser
Y mientras, lentamente, despierta mi conciencia
No encuentro el placer de respirar
Y el tiempo camina despacio, como haciéndose querer

Tiempo congelado en el viento
Vientos que vienen del sur
Sur que sostiene mis sueños
Que sueñan que vienes tú
Que sueñan que no es un sueño
Surcando las olas de azul
El viento sopla perfecto
No hay tiempo si no estás tú.

viernes, 13 de enero de 2012

Donde dije digo digo Diego.

Tu dis que la vie
est trop belle et jolie.
Je dis "Jolie, belle,
ma vie c'est toi".
Tu dis que le ciel
c'est noir dans le soir.
Je dis que sans toi
le soleil est aussi noir.
Tu dis que tu m'aimes
et le jures sur ta vie.
Je ne peux pas faire ça...
Ma vie c'est déjà à toi.

viernes, 6 de enero de 2012

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"Exhalando el último aliento, trato de concentrar mi visión en las estrellas, que me devuelven la mirada. Vidriosas, hermosas, borrosas... Desaparecen para siempre de mi vista cuando cierras los párpados. Cuando cierro yo los míos. Y es en este, mi último momento, cuando, por vez final, más fuerte lo siento todo.

Siento tu calidez hundirse en mi cuello y sollozar. Siento tus lágrimas surcar tu rostro hasta encontrarse contra el mío, deslizándose entre ambos... Siento tus brazos aferrándome con una fuerza que nunca había visto en ti. Siento todo tu cuerpo temblando de miedo al saber que ya no volverás a ver mi sonrisa cuando yo vea la tuya. Siento todo tu cuerpo temblando de amor.

Siempre serás mi mayor orgullo. Adiós, pequeña."
_____________

"Me declaras tu amor, mirándome a los ojos, y así es como decides despedirte. Tus últimas palabras huelen a menta, como esos chicles que solías masticar día y noche. Eso me hace recordar que ya nunca volveré a oler esa menta cuando te abrace. Ya nunca podré volver a abrazarte. Cierro mis ojos con fuerza tratando de contener las lágrimas, pero es una batalla en vano.

Te rodeo con mis brazos, tratando de retenerte conmigo, aun sabiendo que ya no estás. Por mi mejilla resbala una gota y tu cara se moja. Ahora parece que tú también lloras. No puedo evitar abrazarte con más fuerza todavía.  Mis llantos arrancan el aire de mí, haciéndome temblar. Pero mis lágrimas no van a traerte de vuelta. Te has ido y no me has dejado decirte lo mucho que te quiero. Mi cuerpo convulsiona una vez más antes de que alguien me separe de ti.

Siempre serás mi mayor héroe. Adiós, papá."

lunes, 19 de diciembre de 2011

Césped artificial.

[...]Se quedó sentada en el césped bañado por el frescor de la mañana en otro caluroso amanecer de junio, sin querer levantarse de nuevo, mientras acariciaba la hierba con las palmas de las manos dejando que le hiciera cosquillas en la piel y le miraba sonriente. Él siempre se bloqueaba cuando lo miraba de esa forma tras haber peleado, y no fue distinto esta vez. Ella era consciente, pero le divertía ver que aún había algo de inocencia en él y comprobar que no se atrevía a hacer lo que, por otra parte, ella tanto deseaba. Pero, al final, él siempre acababa cayendo en su juego, pese a la vergüenza, las dudas y la timidez.


La muchacha observó cómo su acompañante se sentaba a su lado y la miraba fijamente a los ojos, ahora decidido. Siempre la sorprendían esos cambios de actitud. Tan pronto era un mar de dudas, como se volvía la persona más firme sobre la faz de la tierra. Pero igualmente, a sabiendas del deseo que generaba en él, le gustaba jugar. Se dejó caer hacia atrás muy lentamente, sin cortar la conexión que se había formado entre sus miradas, sin quebrar la magia del momento previo a la batalla, y él la observo muy atentamente en cada movimiento. Se recostó, apoyando los codos, y, al detenerse, el pelo le resbaló por los hombros y cayó hasta rozar el césped. Esto fue el detonante que obligó al chico a mover ficha, incapaz de reprimirse más.


Se acercó a ella hasta quedar a escasos centímetros, lo suficientemente cerca para rozar sus labios con su cuello y besar tiernamente su piel, a la vez que aspiraba levemente su aroma. Ella se erizó por completo y comenzó a ponerse nerviosa, pero no intentó tranquilizarse. Le gustaba perder un poco el control de sí misma y dejarse llevar. De repente, notó cómo la mano del (supuestamente) tímido chico se posaba en su vientre, al tiempo que un súbito mordisco en el lóbulo de su oreja la obligaba a encoger el estómago de excitación.


Le cogió la mano y la introdujo bajo su blusa cuando notó su vacilación. Sintió el cálido tacto de sus dedos en su vientre y eso la relajó, contrarrestando la tensión que la excitación de los besos, los mordiscos y la lengua lamiendo su cuello le estaban provocando. Deseó besarle, y giró la cabeza para morderle la mejilla, llamando su atención. Al hacerlo, notó sus dedos arañando su vientre con cariñosa excitación, y luego, los leves mordiscos del muchacho comenzaron a subir por su cuello, hasta alcanzar el contorno de su mandíbula. Mordisco a mordisco, deleitándose con el sabor de su piel, se dirigió hasta sus labios. Ella era perfectamente consciente de que sólo la hacía esperar, de que ahora él dominaba el juego y que sólo quería demostrarlo, y cuando los labios de él encontraron los suyos, quiso besarle para recuperar el control, pero él se lo impidió separándose casi imperceptiblemente y sólo se los rozó levemente. La desesperación empezaba a notarse en sus movimientos, y estaba tentada de agarrarle para tirar de él y besarle apasionadamente, pero le dio otra oportunidad y le dejó seguir jugando. 


Esta vez, como si pudiera leer su mente, la besó como ella quería. Suave y dulce al principio, como si tuviera miedo de ofenderla, pero al momento abarcó todo el contorno de su boca con los labios y la besó apasionado, atrapando su labio inferior con los dientes.[...]

lunes, 25 de abril de 2011

3. Un extraño encuentro con un extraño hombre.

Varias semanas habían pasado ya desde que despertara en aquel bosque. Una pequeña choza de maleza y ramas en el hueco de un árbol me había servido como cobijo. La decisión de permanecer tanto tiempo en el bosque vino del hecho de no tener la mente clara. Me sentía confuso, al haber perdido dos semanas de mi vida y encontrarme con los bolsillos vacíos. Sin embargo, uno acaba por acostumbrarse al hecho de no poder recordar algo. La rutina de la vida te hace olvidar la necesidad de llenar ese hueco. Te limitas a continuar.

Cierto día, desperté con ganas de comer un buen filete, y fue entonces cuando decidí salir de aquel bosque y dirigirme a la ciudad. Pero antes, un bocado no me vendría mal, así pues agudicé el oído en escucha de las pisadas de algún conejo o similar que corriera por las inmediaciones. Pero lo que escuché no fueron las pisadas de un conejo, sino las de un humano, a unos 100 metros hacia el este. El hombre se movía con pesadez y algo tintineaba con cada paso, posiblemente su espada contra su armadura. La curiosidad venció y me dirigí a su posición.

Repentinamente, cesó su andar y yo el mío, tratando de escuchar sus movimientos. Capté su respiración, profunda y lenta, y supuse que pretendía meditar o al menos relajar su mente. Me aproximé los últimos 50 metros procurando andar marcando el paso, haciendo ruido y llamando la atención para que no creyera que pretendía atacarle. Sin embargo, su respuesta ante mi llegada fue un absoluto silencio, y le recriminé por ello. Haciendo gala del honor de soldado, se volvió y me estrechó la mano, presentándose. Sin embargo, las buenas maneras no duraron. Ningún soldado tolera demasiado tiempo las libertades que nos tomamos los trovadores. Tardó poco en tomar una actitud amenazante y menos aún en perder la compostura ante mis medidas puyas. No fue cortés por mi parte, pero el aburrimiento hizo mella en mis modales y un soldado es una presa fácil cuando no se rinde pleitesía más que a uno mismo. Sin embargo, al ver venir un innecesario derramamiento de sangre, tomé la decisión de retirarme del combate escalando ágilmente a uno de los muchos árboles que nos rodeaban. Un gesto que muchos considerarían cobarde, pero de sabios es una buena retirada cuando se está en desventaja. O eso dicen.

Aquel tipo, ofendido por mi malinterpretada huida, decidió no perder su tiempo conmigo y se marchó. La primera persona que me cruzaba en más de dos meses y me había ganado su odio en menos de lo que tarda un gallo en anunciar el alba. Fue un buen comienzo.

Salir del bosque no fue difícil, pues casi era ya mi hogar. Más tarde, encontré un viajero en los caminos que se dirigía a Nivemba, y decidí que si el destino me había cruzado en su camino, algo significaba. Sin embargo, a la mañana siguiente de haber llegado a la costa y encontrado un barco con destino a Nivemba, el cadáver del hombre fue hallado en su camastro, sólo un par de habitaciones más allá de la mía, agujereado por algún tipo de cuchillo, su habitación desvalijada y los bolsillos de su capa vacíos. "Lo que el azar te da, el azar te lo quita" pensé.

El viaje en barco había sido agotador. Varios días de navegación entre tormentas, corrientes y ataques de monstruos marinos me dejaron los huesos molidos y el ánimo por los suelos. Por suerte, tanto la tripulación como el barco estaban hechos a medida de tales retos. Por fin, en la mañana del día 13 de Lýehin, llegamos a Nïbal, capital de Nivemba y uno de los mayores puertos, si no el mayor. Mi ánimo mejoró en gran medida y me sentí preparado para ganarme alguna gentil propina con mis canciones. El laúd a la espalda y la sonrisa en la cara, puse el pie sobre la pedregosa calle del puerto y me dirigí en busca de alguna taberna por la que comenzar mis cantares. Sonreír siempre es importante cuando se es bardo, pues no sabes con quién te encontrarás más tarde en alguna taberna, y una sonrisa puede hacer que te ganes su favor más fácilmente. Sin embargo, tardé toda la mañana en encontrar una taberna donde no hubiera ya alguien tocando o entreteniendo a la gente.

2. Un extraño encuentro con una extraña mujer.

El puerto oeste de Tuitusk. Un lugar no demasiado agradable ni a la vista ni al olfato. Tras haber malcomido durante unos días, allí estaba yo, haciendo tratos con el tabernero del puerto para que me dejara hospedarme a cambio de atraer clientela. Reticente al principio, aceptó cuando le propuse que le pagaría el doble si no doblaba su clientela en una hora. Aceptó el reto y me estrechó la mano, prometiendo comida y cama cada vez que lograra atraer a no menos de 30 hombres.

En el aburrido puerto, no tardé ni una hora en lograr llenar aquel local. Mis canciones jocosas y mis burlas a la alta sociedad hicieron mella en el desánimo general y pronto todos cantaban conmigo las pegadizas canciones que compás a compás iba inventando. Las cuerdas del laúd vibraban con velocidad y sus notas parecían reírse de mis propias mofas. Y así fue el día siguiente, y el siguiente...

Uno de esos días, hallábame yo sobre una de las mesas cuando, de pronto, el tabernero me gritó en un tono muy serio y cabreado. Al bajar de la mesa y preguntar los motivos, me señaló con la mirada al tipo bajito que había entrado. Un mensajero real... Me encogí de hombros y salí por la puerta segundos antes de que un tipo la atravesara, formando un enorme agujero en ella. El tipo bajito salió, agarró al pobre pescador y lo arrastró dentro de nuevo como si arrastrara una bolsa de paja. Alcé una ceja como muestra de sorpresa y continué mi camino hacia el puerto.

A mis agudos oídos llegó el murmuro de una diubinde sorbiendo el espíritu de algún desgraciado. Escoria antisocial... Cuando acabó su festín, me dirigió unas despectivas palabras que no me agradaron demasiado. Sin intención de amilanarme, devolví las palabras con el mismo desprecio. Sin embargo, pese a que mis palabras fueron lanzadas con sumo desdén, mis ojos examinaron la atractiva figura que ante mí se mostraba desafiante e intimidatoria. Una figura apetitosa en una mente llena de lujuria y banalidad. Aquella figura se percató de lo que mis ojos dijeron y mis labios callaron, y se acercó a mí, midiendo sus palabras con afilada precisión seductora. Besó mi mejilla casi con ternura y se dio media vuelta, dispuesta a irse.

Mi respuesta fue mucho menos sutil, volviéndome hosco y agresivo con ella. Y una vez más, aquella diubinde hizo muestra de frialdad y me acalló, indicándome que si quería acompañarla fuera menos ruidoso. Normalmente aquella propuesta habría sido rechazada de plano, pero sus ojos provocaban en mí un extraño hechizo... Acallé los gritos de mi fuero interno y me dejé guiar por aquella misteriosa, exótica y atractiva mujer.

Unas dos semanas después (a juzgar por mi barba), desperté en el Bosque de la Soledad (el cual reconocí porque no era mi primera vez en él y conocía la vegetación y el clima). No recordaba nada, y aún sigo sin recordarlo...

1. Nacimiento y crecimiento.

"Décimo tercer día del cuarto mes del año 5883. Empadronamiento del hijo varón de Naridie Naxela. Padre desconocido. Nombre completo para el recién nacido: Red Naxela". Estas eran las pocas palabras que recuerdo de mi acta de empadronamiento, certificada el mismo día de mi nacimiento. La encontré cierto día de mi octava primavera. Jugaba a escalar el armario de mi madre, abrí un cajón y dejé de ser el hijo de un héroe desconocido que murió en la guerra para ser un hijo de... de nadie. En aquella temprana edad no lo entendí, y por más que pregunté a madre, ella no quiso responder. Finalmente, dejé de preguntar, al percatarme durante una cena de que madre había llorado. Decidí que ya lo entendería cuando fuera mayor...

Y ciertamente, lo entendí. Una madre debe alimentar a sus hijos, al precio que sea, aunque eso implique vender su dignidad. Pero si algo bueno tuvo aquello, es que mi madre era buena. No sólo eso, era la mejor. Conseguía que cada cliente se enamorara de ella y la cortejara con regalos. Algunos, de menor rango social, trataban de ganarse el favor de mi madre enseñándome sobre las artes en las que eran diestros. Así fue como, desde muy temprana edad, aprendí a defenderme con espada y a puñetazo limpio, aprendí a leer, a escribir e incluso a descifrar códigos. Otros hombres me enseñaron las matemáticas y aprendí rápido a realizar complejos cálculos. Con 14 años ya poseía más conocimientos que el aldeano medio. Sin embargo, aunque apreciaba enormemente todo ese saber y tenía constancia de su gran utilidad, lo que realmente agradecí fueron las enseñanzas de un dicharachero y borrachuzo bardo que me instruyó en el arte del tiro con arco, el lanzamiento de cuchillos, el hurto, el engaño, el espionaje y, por supuesto, la canción, la poesía, el laúd y la apreciada libertad. También me enseñó a alcanzar un estado de ebriedad en el que la mente se libera y se piensa con más claridad, pero eso son otras historias.

Pasó con nosotros tanto tiempo que empecé a pensar que madre también gustaba de su compañía. Sin embargo, él nunca nos dijo su nombre. Por otro lado, también tomaba largas temporadas viajando y sólo lo veía en nuestra casa, como si en ella residiera, por periodos de 2 o 3 meses. En cualquier caso, mi habilidad innata para el aprendizaje me permitió adquirir todos los conocimientos que un viajero como él podría enseñarme en los 5 años que "estuvo con nosotros". En mi vigésimo solsticio de verano, aquel hombre al que casi consideraba mi padre, se despidió dramáticamente de mi madre, diciéndole al oído frases de amor que yo había escuchado en algunas de sus actuaciones, pero con un sentimiento que jamás imaginé que un hombre podría expresar con palabras. Entonces se me acercó y me regaló su laúd, alegando ante mi atónita negativa que no sólo era un laúd viejo, sino que él podría seguir cantando sin laúd y ganarse el dinero para comprar otro. Finalmente, acepté y el bardo saltó sobre el carromato que le esperaba, como siempre. Con el laúd en mis manos, comprendí que aquella sería la última vez que le viera. Una lágrima se deslizó por el rostro de mi madre cuando la carreta que llevaría a mi pelirrojo maestro a la ciudad hubo desaparecido en el horizonte. Pasé un brazo por sus hombros y la apreté contra mí, para recordarle que no se quedaba sola, ella se volvió, desmoronándose, y lloró en mi pecho como si fuera sólo una niña menor que yo.

Por desgracia, e irónicamente, el que se quedó solo fui yo. Días después de la marcha del bien llamado bardo, mi madre enfermó y murió cuando yo contaba 21 años recién cumplidos, 10 meses después. En cierto modo fue un alivio, pues los estertores, la tos y las fiebres la hacían sufrir demasiado, últimamente. Ya no se levantaba de la cama y casi le costaba parpadear, y yo sufría por ella. Así que cuando la vida la hubo abandonado y la embargó esa quietud inerte repleta de paz que ni el mejor actor puede interpretar, sentí que mi corazón lloraba, pero mis ojos no derramaron lágrima alguna. Al fin disfrutaría del descanso eterno, tras tanto sufrimiento.

A partir de entonces, tuve que ganarme el pan realizando el único oficio que se me había enseñado: artista callejero. No era excesivamente bueno, pero me defendía lo suficiente como para que las damas se ofendieran ante mis desvergonzadas letras (para risas y aplausos de los hombres) o se sonrojaran las mozas con mis engalanadas palabras decoradas con notas de lujuria (para disgusto de los mismos hombres). Mi vida se convirtió en un viaje continuo. Un mes de medias comidas y estómago quejumbroso me valió para ahorrar lo suficiente para un buen arco, de madera resistente, que duraría unos años si no lo trataba mal. La espada la robé en una taberna. La puerta de una de las habitaciones estaba entreabierta y vi la armadura de un soldado tirada en el suelo, arma y escudo incluidos. El señor y dueño de aquello estaba un metro más allá, cabalgando a una dama que más anunciaba que gemía su gozo. Fue tan simple que sentí desperdiciadas todas mis habilidades picarescas. Por supuesto, me aseguré de comprobar de forma exhaustiva que aquella espada no contenía nombre, inscripción o forma alguna de reconocerla. Una espada de lo más simple.

Y así llegué hasta el día de hoy, con un laúd, una espada, un arco y 20 flechas que procuraba recuperar después de usadas, pues comprar flechas me supondría un día sin comer.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Historia de 5 aventureros [y de cómo libraron al mundo de su propia existencia] (título provisional) - Capítulo dos.

Recomiendo verlo a pantalla completa y en modo libro (Fullscreen y seleccionar Book donde pone Scroll), es bastante cómodo.

jueves, 24 de febrero de 2011

Historia de 5 aventureros [y de cómo libraron al mundo de su propia existencia] (título provisional) - Capítulo uno.

Si alguien ha leído mi blog, verá que he "reciclado" un módulo que comencé y que nunca se continuó, usando el mismo comienzo.

Recomendación: clicando en Fullscreen y luego, abajo a la izquierda, clicando en Scroll y seleccionando Book, se ve mucho mejor.

martes, 26 de octubre de 2010

Dudas, decisiones y montañas.

Voy a volverme frío como el hielo.
Voy a dejar de sentir nada por nadie.
Al verme temblará de frío el cielo
y helaré a mi paso el aire.

Murieron ya las flores del tejado
y marchité las pocas que quedaban.
La escarcha de mis suspiros
parece haberlas congelado.
Escarcha que exhalé mientras fumaba.

Escarcha que nacía de mi mirada.
Escarcha que derriten las estrellas
que anoche contemplaba.
Escarcha que crujía y crepitaba
bajo el peso
de una promesa formulada;
del recuerdo de un beso
y una mirada acongojada.

Ahora el frío recorre libremente mi piel,
es tarde ya para darme algún calor.
Los sentimientos volaron, sólo hay hiel,
pero extrañamente, estoy mejor.
Por eso,
voy a volverme frío como el hielo.
Voy a dejar de sentir nada por nadie.
Al fin mi corazón será de acero
y no habrá nadie que lo dañe.